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abril 24, 2013

¡Todo un acontecimiento!



El formato de 8 mm utilizado para hacer cine existe desde la década de los treinta, eso si tomamos en cuenta el de 16 mm también conocido como doble ocho, con éste la desaparecida Kodak hizo su agosto, pues comenzó a dirigirse al sector doméstico. Más tarde creó el simple 8 mm que tuvo su vigencia hasta muy entrada la octava década del siglo veinte, años en los que el fenómeno del cine casero fue uno de los muchos tópicos por los que hoy les recordamos.


Taca taca taca taca... ¿suena la matraca? ¡no! suena el proyector, un sonido al que nos acostumbramos de muy buena gana quienes teníamos el privilegio de vernos en una pantalla con movimientos un poco entrecortados, pelusas gigantes en una mejilla y manchas negras que aparecían y desaparecían con el avance de la película. Poca gente sabe que existe un formato de esas peliculitas que contenía una banda magnética con sonido, el predecesor del video electromagnético Betamax —beta pa’ los cuates—, llamdo Súper 8. No pudieron darle mejor nombre a algo que era por mucho Superior a lo que se había conocido hasta el momento, Súper ocho, y con este todos dejamos de ser Charlotte para convertirnos en El gran dictador.

Poner en marcha EL PROYECTOR era un acontecimiento digno de hacer palomitas en esas ollas innovadoras en las que “sólo” había que darle vuelta a la manivela para que no se quemaran, así que al sonido característico también lo acompañaba el olor a cine y por supuesto los intermedios, sólo que aquí eran muchos, muchos, muchos intermedios considerando que una película de rollo pequeño (tres pulgadas) dura menos de cinco minutos.


Recuerdo que mis ojos se deslumbraban y lampareaban en estas exhibiciones donde mis hermanos, tíos, primos y yo éramos los protagonistas; ya que el foco que utilizan estos aparatos es de 50 wats (más o menos) y su luminicencia no vence, de ninguna manera, a la luz de día; así que había que esperar a que el astro rey fuese a iluminar a otra parte y dado que el cambio de película debe hacerse con luz los ojos eran continuamente expuestos a cambios bruscos para los ojos. Una particularidad de sendo aparato es que te reproduce cinco minutos y tardas otros iguales en ponerlo a andar nuevamente, es como hacer que el hilo llegue a la punta de la aguja de la máquina de coser, sólo que con unos pasos extra entre alambres y tensores. Además la película de 8 mm y súper 8 tiene la particularidad de trozarse al exponerse al tiempo, el clima y el polvo, así que después de varios años tenías que andar empalmando (uniendo con materiales especiales) los pedazos de película.


Actualmente poca gente cuenta con un proyector de Súper 8, a lo mucho encuentras de 8 mm; sin embargo puedes pagar para que una empresa te haga el transfer a dvd, blue-ray o algún formato para reproducción en pc. Costco es una buena opción, aunque tardada. Lo que hay que cerciorarse es que lo hagan con un telecine y no que graben la imagen  directamente de la pantalla pues pierde mucha calidad. Una alternativa es entrarle al programa ”Archivo memoria” de la CinetecaNacional donde entregas tus películas, ellos las conservan e integran al acervo y a ti te dan tus dvd’s, la gran desventaja aquí es que puedes perder los derechos de autor además de tus carretes originales y cualquiera tiene la posibilidad de utilizar tus imágenes para  lo que le venga en gana.


Creo que esta noche haré palomitas y me sentaré —y pararé cada cinco minutos— a ver “la galería del terror” como llaman mis tiernos primos a esa recopilación de imágenes familiares.

marzo 27, 2013

El ISO de 2013



"Boulevard du Temple" por Louis Daguerre, 1838
Fuente: El rollo fotográfico


Estoy empecinada con la fotografía analógica. Lo sé, estamos en dos mil trece. La fotografía digital es más barata y por lo tanto abunda. ¿Quién en su sano juicio habría fotografiado su plato de comida lleno y luego vacío hace —incluso— veinte años?

Llegaron los colores brillantes y el esmero se esfumó como un negativo expuesto a la luz. Nadie dice que las fotos de las fiestas familiares, los primeros pasos y el Datsun nuevo tengan la belleza partida de un punto aureo, pero eran cuidadas, había dedicación en ellas, también se tomaban con cariño.

Me gusta la fotografía digital, es bella y manipulable en un tris tras; pero la fotografía analógica me gusta mucho más que millones de pixeles aglutinados. Cierto es que el olor del revelador es penetrante, lastimoso y hasta violento. Sin embargo el momento mágico es cuando sumerges el papel en este químico y aparecen esas manchas que se convierten en figuras hasta completar una imagen.

Vas con tu camarita de 35 mm, los turistas te ven —ahora sí— como subdesarrollada. Evalúas la luz, los elementos, el mejor ángulo, la velocidad del diafragma, incluso usas el tripie y disparas. El ruido mecánico del obturador te indica cuándo moverte. Y así haces treinta y seis exposiciones, aunque te lleve días el concluir la labor. En otro momento acudes al cuarto obscuro, preparas los químicos, sacas la película y la metes en su carrete y tanque de revelado. Realizas el proceso por una hora o poco más. Cuelgas la película —si es que no se veló—, una vez seca, la cortas y la guardas celosamente en fundas apropiadas que conserven esos microcristales de haluro de plata en su sitio, sin polvo, ni rayones. Por la tarde u otro día, tal vez, te darás el lujo de imprimir algunos de esos momentos que capturaste. Revisarás el diafragma de la ampliadora, ajustarás la distancia, enfocarás la imagen, harás tiras de prueba, determinarás el tiempo, expondrás una hoja de papel a esa luz que traspasa el negativo, la sumergirás en el revelador, fijador y agua. La verás, quizás hagas otra donde reserves luz en algunas zonas de la foto. La tendrás al fin.

Sí, así es, la fotografía analógica es más cara en materiales y tiempo. En un día entero de trabajo puedes obtener sólo una foto que en verdad te guste; a veces ni eso. Me suena que es arte, lo vivo como arte. Las imágenes positivadas con el sulfato de bario y el haluro de plata, en este dos mil trece, se convierten en una denuncia artesanal. 

Kodak quebró… mejor dicho ¡¡Kodak quebró!! Y a mí me parece que es sólo una de las empresas víctimas de la globalización y el fast-todo. Por fortuna, o tal vez no, existimos algunas personas que buscamos preservar lo que perdura, por ejemplo una foto capaz de lucir como el primer día después de cien años. La lomografía es un movimiento actual que busca que las gelatinas de plata sigan en nuestras vidas con colores y efectos tan innovadores y artesanales a la vez, que cualquier Cyber-shot se queda boba. ¡Vivan las Lomo! ¡Vivan las réflex análogas! ¡Viva Niépce! ¡Viva Daguerre!