Aquí dejo los poemas de El lado oscuro del corazón.
Fue una recopilación laboriosa y de algunos no encontré el libro de procedencia, ni el año de publicación, si alguien lo conoce participe, la red es de todas las personas.
Oliverio Girondo
1
Espantapájaros, 1932
No se me importa un pito que las
mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de
durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de
que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy
perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en
una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les
perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden
el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue —y no otra— la razón de
que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por
entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera
pluma!
Desde el amanecer volaba del
dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba
el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba
que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido
entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”... y a los
pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme,
volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio
planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras
nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en
hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una
mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué
voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches
de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer
etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una
mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de
comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en
concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor
más que volando.
18
Espantapájaros, 1932
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las
puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de
amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las
veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de
nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es
verdad que los cacuies y los cocodrilos no
dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la
nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo,
por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de
frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando,
de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
22
Espantapájaros, 1932
Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las
mujeres con un sexo prehensil.
Desde hace siglos, se conocen diversos medios para
protegernos contra las primeras.
Se sabe, por ejemplo, que una fricción
de trementina después del baño, logra en la mayoría de los casos, inmunizarnos;
pues lo único que les gusta a las mujeres vampiro es el sabor marítimo de
nuestra sangre, esa reminiscencia que perdura en nosotros, de la época en que
fuimos tiburón o cangrejo.
La imposibilidad en que se encuentran de
hundirnos su lanceta en silencio, disminuye, por otra parte, los riesgos de un
ataque imprevisto. Basta con que al oírlas nos hagamos los muertos para que
después de olfatearnos y comprobar nuestra inmovilidad, revoloteen un instante
y nos dejen tranquilos.
Contra las mujeres de sexo prehensil, en
cambio, casi todas las formas defensivas resultan ineficaces. Sin duda, los
calzoncillos erizables y algunos otros preventivos, pueden ofrecer sus
ventajas; pero la violencia de honda con que nos arrojan su sexo, rara vez nos
da tiempo de utilizarlos, ya que antes de advertir su presencia, nos
desbarrancan en una montaña rusa de espasmos interminables, y no tenemos más
remedio que resignarnos a una inmovilidad de meses, si pretendemos recuperar
los kilos que hemos perdido en un instante.
Entre las creaciones que inventa el
sexualismo, las mencionadas, sin embargo, son las menos temibles. Mucho más
peligrosas, sin discusión alguna, resultan las mujeres eléctricas, y esto, por
un simple motivo: las mujeres eléctricas operan a distancia.
Insensiblemente, a través del tiempo y
del espacio, nos van cargando como un acumulador, hasta que de pronto entramos
en un contacto tan íntimo con ellas, que nos hospedan sus mismas ondulaciones y
sus mismos parásitos.
Es inútil que nos aislemos como un
anacoreta o como un piano. Los pantalones de amianto y los pararrayos
testiculares son iguales a cero. Nuestra carne adquiere, poco a poco,
propiedades de imán. Las tachuelas, los alfileres, los culos de botella que
perforan nuestra epidermis, nos emparentan con esos fetiches africanos
acribillados de hierros enmohecidos. Progresivamente, las descargas que ponen a
prueba nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan desde el occipucio
hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos escapan de los poros
centenares de chispas que nos obligan a vivir en pelotas. Hasta que el día
menos pensado, la mujer que nos electriza intensifica tanto sus descargas
sexuales, que termina por electrocutarnos en un espasmo, lleno de interrupciones
y de cortocircuitos.
Comunión plenaria
Persuasión de los
días, 1942
Interlunio, 1937
A Norah Lange
Lo
veo, recostado contra una pared, los ojos casi fosforescentes, y a los pies,
una sombra más titubeante, más andrajosa que la de un árbol.
¿Cómo explicar su cansancio, ese aspecto de casa manoseada
y anónima que sólo conocen los objetos condenados a las peores
humillaciones?...
¿Bastaría con admitir que sus músculos prefirieron relajarse
a soportar la cercanía de un esqueleto capaz de envejecer los trajes recién
estrenados?... ¿O tendremos que persuadirnos de que su misma artificialidad
terminó por darle la apariencia de un maniquí arrumbado en una trastienda?...
Las pestañas arrasadas por el clima malsano de sus pupilas,
acudía al café donde nos reuníamos, y acodado en un extremo de la mesa, nos
miraba como a través de una nube de insectos.
Es indudable que sin necesidad de un instinto arqueológico
desarrollado, hubiera sido fácil verificar que no exageraba, desmesuradamente,
al describir la fascinante seducción de sus atractivos, con la impudicia y la
impunidad con que se rememora lo desaparecido... pero las arrugas y la pátina
que corroían esos vestigios le proporcionaban una decrepitud tan prematura como
la que sufren los edificios públicos.
Aunque por lo común permanecía horas enteras en silencio,
a veces lográbamos que relatara algún episodio de su vida, que recitase algún
poema de Corbière o de Mallarmé. ¡Nunca era más temible su cercanía!... Entre
la incesante humareda del cigarrillo, su voz —llena de hollín— resonaba como si
fuese emitida por una chimenea, y mientras su inmovilidad adquiría la borrosa
impavidez del retrato de alguien que ya nadie recuerda, su dentadura postiza se
obstinaba en inventar las sonrisas menos oportunas. En vano pretendíamos vivir
el contenido de algún verso. Tras el silencio de cada estrofa: su aliento de cama
deshecha, el temor de que su esqueleto cometiese algún ruido, de que su barba
creciera con el mismo susurro con que crece la barba de los muertos... Y ya en
esa pendiente resbaladiza, bastaba un gesto, una mirada, para que
descubriéramos su semejanza con esos pares de medias que se hospedan sobre los
roperos de los hoteles, con esos cuellos que se retuercen junto a ellas, tan desesperadamente,
que nos sugieren ideas de suicidio.
De resistirnos a esos excesos, por otra parte, ¿hubiéramos
logrado contemplar la maraña de sus arrugas sin imaginarnos todas las noches
perdidas, todos los rumores huecos y desvalidos que, al estratificarse con una lentitud
de estalactita, le habían formado unos repliegues de cansancio que ni la misma
muerte conseguiría planchar?...
Para recorrerlas de un extremo al otro sin perderme, yo, por
lo menos, me veía forzado a examinarlas con el mismo detenimiento con que se
siguen las rutas en un plano y, demasiado absorbido por sus accidentes, rara
vez lograba escuchar lo que decía. Hasta en las oportunidades en que nos
encontrábamos solos, cuando no perdía frases enteras, me llegaban con tantas
intermitencias como las que suben a nuestra ventana, descuartizadas por todos
los ruidos de la calle. ¡Era inútil que reconcentrase mi atención!... Siempre se
me extraviaba alguna palabra, alguna partícula tan esencial, que antes de
contestarle debía realizar un esfuerzo equivalente al de traducir un documento
cifrado. Aderezada con la misma premeditación de esos platos que llegan momificados
a la mesa, su dialéctica —por lo demás— no estimulaba excesivamente mi apetito,
pues al abuso de la paradoja unía el empeño de citar cuantos libros habían fomentado
su temible habilidad en el manejo de la rima, de la que exhibía, con sobrada
frecuencia, un muestrario de versos tan manoseados como los sobres en que los borroneaba.
A pesar de que mi desgano la ingiriese a pequeños trozos,
no tardé en enterarme, sin embargo, de una cantidad de anécdotas más o menos
turbias de su vida: la bancarrota —con suicidio y demás accesorios— de su
padre; su tránsito por dos o tres empleos; la necesidad de irse comiendo los
gemelos, el frac, el sobretodo; los primeros síntomas del hambre —pequeños
escalofríos en la espalda, pequeños calambres sordos y desesperantes—; mil
sucesos en todos los meridianos, en todos los ambientes, hasta llegar a Buenos
Aires, que —según él— ¡era algo maravilloso!... la única ciudad del mundo donde
se podía vivir sin trabajar y sin dinero, porque resultaba rarísimo efectuar
una sangría con éxito negativo, hasta en las billeteras más exangües.
Aunque aquejada de una anemia crónica, la mía no hubiese
podido rectificarlo, si bien es cierto que adoptaba algunas medidas preventivas
para impedir que sus extracciones fuesen demasiado cuantiosas y frecuentes. Más
que por debilidad, soportaba ese régimen extenuante debido a que me divertía el
contraste entre su habitual escepticismo y su entusiasmo hiperbólico por el
país. Es así cómo, antes de embarcarse para la Argentina, ya se la representaba
como una enorme vaca con un millón de ubres rebosantes de leche, y cómo a los
pocos días de ambular por Buenos Aires, había comprendido que, a pesar de su
apariencia de ciudad bombardeada, la pampa acababa de aproximarse al río para
parirla.
“Europa es como yo —solía decir— algo podrido y exquisito;
un Camembert con ataxia locomotriz. Es inútil untarla con malos olores. La
tierra ya no da más. Es demasiado vieja. Está llena de muertos. Y lo que es
peor aún, de muertos importantes. En vano se trata de eludirlos. Se tropieza
con ellos en todas partes. No hay un umbral, un picaporte que no hayan desgastado.
Se vive bajo los mismos techos donde vivieron y donde han muerto. Y por mucho
que nos repugne —¡no queda otro remedio!— hay que repetir sus gestos, sus
palabras, sus actitudes. Sólo un hombre capaz de usar un ala de cuervo sobre la
frente, como Barrès, pudo deleitarse en aprender a fornicar en los cementerios.
“Aquí, en cambio, la tierra es limpia y sin arrugas. Ni un
camposanto, ni una cruz. Se puede galopar una vida sin encontrar más muerte que
la nuestra. Y si tropezamos, por casualidad, con un cadáver, es tan humilde que
no molesta a nadie. Vive una muerte anónima; una muerte del mismo tamaño que la
pampa.
“En la ciudad, la vida no es menos libre. Por todas partes
corre un aire de improvisación que nos permite ensayar cualquier postura. Ustedes
se quejan de su fealdad. ¡Pero la esperanza dispone de tantos terrenos
baldíos!... Con decirle que, de haber nacido aquí, yo mismo me sentiría tentado
por hacer algo... ¡Y vaya usted a saberlo!... Hasta quizás llegase a
convencerme de que el sudor es una segregación tan respetable como se pretende.
Yo la prefiero, en todo caso, a las ciudades europeas, tan acabadas, tan
perfectas que no consienten que se mueva una piedra. Sus cornisas nos
proporcionan excelentes modales. Tarde o temprano terminan por colocarnos un
chaleco de fuerza. Imposible cometer un error de sintaxis, desperezarse,
agarrar un florero y hacerlo añicos contra el suelo.”
Estas arremetidas, y otras equivalentes, adquirían un acento
menos retórico, sin embargo, al referir algún episodio de su vida. Acaso por
esa circunstancia o por el estado lamentable en que se hallaba, espero
reproducir, con bastante fidelidad, el que me relató la última vez que nos encontramos.
Recuerdo que fue en uno de esos cafés que no pegan los ojos.
Las sillas ya se habían trepado a las mesas para desentumecerse las patas,
mientras que —con un gesto que ha olvidado hasta el campo— un mozo sembraba
aserrín sobre las baldosas humedecidas.
Sentado ante una pequeña copa que contenía un menjunje con
cierto aspecto de colirio, un hombre parecía dudar entre ingerirlo o lavarse
con él una pupila. De toda su persona trascendía un fracaso tan auténtico y
definitivo que, inmediatamente, lo reconocí. Su palidez de vidrio esmerilado,
su barba tejida por una araña, su chambergo descolorido y sucio le daban no sé
qué semejanza con esos faroles que nadie se ocupa de apagar y que sufren la luz
despiadada de la mañana.
Es posible que, en el primer momento, aparentase no advertir
mi presencia, pero al hallarme junto a él, bajó la cabeza y me extendió una
mano algosa, sin esqueleto. Una vez más experimenté un sobresalto idéntico al
que produce el insospechado contacto de unos guantes que yacen en un bolsillo.
Enjugué la humedad con que impregnó la mía, y aproximé una silla. Era evidente
que lo importunaba. Mientras cambiábamos las primeras palabras, sus miradas rozaban
los objetos en un vuelo tajeante y volvían a sumergirse en sus pupilas, sin
perturbar el reflejo de las luces que se trasuntaban en ellas, como en un
charco. Urgía sustraerlo de ese marasmo. Con la mayor crueldad posible le dije
que lo encontraba mal, que debía de hallarse muy enfermo. La argucia alcanzó el
éxito esperado. De un solo sorbo terminó el whisky que habíamos pedido, y
después de dejar caer los brazos de la mesa:
“¡No puedo más! ¡No sé qué hacer! ¡Estoy desesperado!...”
Estrangulada, ronca, parecía que su voz saliese de atrás de
una cortina. Como si la descorriera de pronto, me preguntó:
“¿A usted nunca lo han martirizado los ruidos?... ¡No! ¡Estoy
seguro que no! ¡Es algo horrible! ¡Horrible!...”
La evidente desproporción entre la causa y el efecto de su
padecimiento, quizás me hiciera sonreír. En todo caso, recién entonces me miró
por primera vez, para proseguir con cierto dejo de rencor:
“¡No! ¡Estoy seguro que no! Usted no puede comprenderme. Para eso necesitaría ser como
yo. No tener nada de donde agarrarse. Hasta hace poco yo poseía esto —agregó,
extrayendo un pequeño frasco que, a través de la suciedad de la etiqueta,
delataba su procedencia farmacéutica—. ¡Esto!, que para mí era todo. Pero ya no
me queda nada, absolutamente nada.” Y antes de necesitar insinuarle que se
explicara: “Al principio fue el vecino de arriba. De noche siempre resulta
emocionante escuchar unos pasos sobre el techo. Por poco acompasados que parezcan,
¡adquieren una solemnidad!... Es como si llamaran a la puerta de una casa donde
no vive nadie. Cada vez más pesados, cada vez más próximos a mi cabeza, yo los
sentía derrumbarse de un extremo al otro del cielo raso, hasta convencerme de
que terminarían por achatármela a
martillazos.
“Averigüé quién vivía en la pieza de arriba. Resultó ser
un estudiante que se paseaba, leyendo, gran parte de la noche. Como el estado
de mi cuenta y mis relaciones con el hotelero alejaban la posibilidad de
cualquier reclamo, decidí entenderme con él, directamente. La gestión obtuvo un
resultado satisfactorio. Durante varios días, el cielo raso permaneció mudo. De
vez en cuando, un portazo, un grito que subía por el hueco de la escalera; pero
esos ruidos eran discontinuos, me dejaban descansar. Entre uno y otro existían
grandes agujeros de silencio y de felicidad. ”Al poco tiempo, sin embargo, las
precauciones de mi vecino se convirtieron en un suplicio más torturante que el anterior.
Tendido sobre la cama, lo veía, durante horas enteras, ir de un lado al otro,
como si el techo de la habitación fuese traslúcido. El cuidado con que abría un
cajón o colocaba la pipa sobre su escritorio, llegó a exacerbarme hasta el
extremo de tener que ahogar, en la almohada, un alarido de impaciencia. Creí
que se ensañaba en prolongar mi angustia, que se valía de la menor distracción
para inventar pequeños ruidos disimulados e imprevisibles. Los más traicioneros
se descolgaban, como arañas, del cielo raso, y después de erizar los pelos de
la alfombra, se reproducían en los rincones, detrás del ropero, abajo de la
cama. A fuerza de ejercitarme, no tardé mucho en percibir, desde mi quinto piso
—simultáneamente y con la mayor nitidez— las conversaciones de la gente que pasaba
por la vereda, el trino de una canilla en el patio del fondo, los ronquidos de
todos los cuartos del hotel. Aunque después de acecharlos semanas enteras
terminé por conocer el horario y las costumbres de la mayor parte de los
ruidos, siempre surgía alguno imposible de localizar antes de encontrarlo
adentro de mi cabeza. ¡Era peor zambullirse bajo las frazadas!... A medida que
se adormecían los de afuera, cuantos se alojaban en mi interior se iban
despertando, uno por uno, y no contentos con clavarme sus dientes de laucha
recién nacida, se aglomeraban en mi vientre hasta proporcionarme una sensación
tal de gravidez que, por absurdo que parezca, creía estar en vísperas de tener
un hijo.
”Una noche de exasperación decidí salir a la calle.
Preveía lo que me aguardaba, el efecto que me producirían los chirridos del
tráfico, pero cualquier cosa era preferible a permanecer en mi cuarto. En la
esquina, tomé el primer tranvía que pasó. Lo que fue aquello no puede
describirse. Creí que de un momento a otro la cabeza se me partiría a pedazos,
pero la misma intensidad del dolor acabó por recubrirme de una indiferencia tan
tupida que, cuando el tranvía se detuvo para emprender el regreso, me sorprendió
encontrarme en los suburbios.
”Las capitales europeas carecen de límites precisos, se amalgaman
y se confunden con los pueblos que las circundan.
Buenos Aires, en cambio, en ciertos parajes por lo menos, termina
bruscamente, sin preámbulos. Algunas casas diseminadas, como dados sobre un
tapete verde, y de pronto: el campo, un campo tan auténtico como cualquiera. Parecería
que el arrabal no se animara a distanciarse del adoquinado. Y si un almacén
corre ese riesgo, se tiene que enfrentar con la pampa. Durante la noche, sobre
todo, basta internarse algunas cuadras para que ninguna luz nos acompañe. De la
ciudad no queda más que un cielo ruborizado.
”Del sitio en que me dejó el tranvía tardé pocos minutos para
hallarme en pleno campo. ¡Jamás experimentaré una plenitud semejante! A medida
que mi cerebro se iba impregnando, como si fuese una esponja, de un silencio elemental
y marítimo, saboreaba la noche, me nutría de ella, a pedacitos, sin
condimentos, al natural, deleitado en disociar su gusto a lechuga, su
carnosidad afelpada... el dejo picante de las estrellas.
”Ha de haber influido, probablemente, la angustia de los días
anteriores. De cualquier modo que fuera, bastaría, por sí solo, ese instante,
para justificar y darle una razón de ser a mi existencia. Se requiere haber
pasado momentos muy duros antes de poder sentir algo parecido.” Por evidente
que fuese la intención despectiva de la última frase, no quise interrumpirlo.
“Desde ese día —agregó, ya sin ninguna jactancia— repetí
el mismo itinerario todas las noches. Las sucesivas, sin embargo, no fueron tan
dichosas. Me fastidiaba el roce esmerilado de mis pasos sobre la tierra, la
testarudez con que los insectos taladraban el silencio. Llegué a persuadirme de
que el silbido de los grillos poseía una intención agresiva —y lo que resultaba
muchísimo más indignante— que los sapos se reían de mí.
”A pesar de todo, durante un mes y medio reincidí en esas
excursiones. Cualquier cosa resultaba preferible a seguir soportando la caja de
resonancias en que se había transformado mi cuarto. Hace unos días aconteció un
hecho, sin embargo, que me obligó a abandonarlas para siempre.
”Era una noche magnífica—prosiguió con una voz más turbia
y dolorida—. Desde que me alejé de la ciudad advertí que ningún ruido me
molestaba. En el primer instante temí que hubieran terminado por ensordecerme.
Al contrario. Los oía con una nitidez extraordinaria, pero sin dolor, sin sobresaltos.
Ignoro cuántas cuadras caminé la embriaguez y el alivio de esta comprobación.
En un cierto momento, mis piernas se rehusaron a dar un paso más. Busqué un lugar
donde descansar y me acosté, de espaldas, al borde del camino.
”En ninguna parte se encuentra un cielo tan rico en constelaciones.
Al contemplarlo de esa manera todo lo demás desaparece, y por muy poco que nos
absorbamos en él, se pierde hasta el menor contacto con la tierra. Es como si
flotáramos, como si, reclinados en una proa, mirásemos unas aguas tan serenas
que inmovilizan el reflejo de las estrellas.
”Diluido en esa contemplación había logrado olvidarme hasta de mí
mismo, cuando, de repente, una voz pastosa pronunció mi nombre. Aunque estaba
seguro de encontrarme solo, la voz era tan nítida que me incorporé para
comprobarlo. A los dos lados del camino, el campo se extendía sin tropiezos.
Uno que otro árbol perdido en la inmensidad y, cerca mío, algunos cardos, entre
los cuales divisé un bulto que resultó ser una vaca echada sobre el pasto.
”Opté por acostarme de nuevo, pero antes que pasara un minuto oí
que la voz me decía:
”—¿No te da vergüenza? ¿Cómo es posible? ¿Qué has hecho para llegar
a ese estado? ¿Ya ni siquiera puedes vivir entre la gente?
”Por absurdo que resultase, era indudable que la voz partía del
lugar donde se encontraba la vaca. Con el mayor disimulo me di vuelta para
observarla. La claridad de la noche me permitía distinguir todos sus
movimientos. Después de incorporarse y avanzar unos pasos se detuvo a pocos
metros del sitio en que me hallaba, para rumiar durante un momento lo que diría
y proseguir con un tono acongojado:
”—¡Hubieras podido ser tan feliz!... Eres fino, eres inteligente y
egoísta. ¿Pero qué has hecho durante toda tu vida? Engañar, engañar... ¡nada
más que engañar!... Y ahora resulta lo de siempre; eres tú, el verdadero, el
único engañado. ¡Me dan unas ganas de llorar!... ¡Desde chico fuiste tan
orgulloso!... Te considerabas por encima de todos y de todo. De nada valía
reprenderte. Crees haber vivido más intensamente que nadie. Pero, ¿te
atreverías a negarlo?, nunca te has entregado. ¡Cuando pienso que prefieres
cualquier cosa a encontrarte contigo mismo! ¿Cómo es posible que puedas
soportar ese vacío?... ¿Por qué te empeñas en llenarlo de nada?... Ya no eres
capaz de extender una mano, de abrir los brazos. ¡Es verdaderamente
desesperante!... ¡Me dan unas ganas de llorar!...
“Cuando calló, sin darme cuenta me levanté y di unos pasos hacia
ella. Después de mirarme con unos ojos humedecidos de ternura y de limpiarse la
boca refregándosela contra la paleta, sacó el pescuezo por encima del alambrado
y estiró los labios para besarme.
“Inmóviles, separados únicamente por una zanja estrecha, nos
miramos en silencio. Pude caer de rodillas, pero di un salto y eché a correr
por el camino. En lo más profundo de mí mismo se erguía la certidumbre de que
la voz que acababa de oír era la de mi madre.”
Fue tal la emoción que puso en la última parte del relato que
no me atreví a sonreír. Como si se lo confiara a sí mismo agregó, después de un
silencio:
“Y lo peor es que la vaca, mi madre, tiene razón. Yo no soy, ni
nunca he sido nunca más que un corcho. Durante toda la vida he flotado, de aquí
para allá, sin conocer otra cosa que la superficie. Incapaz de encariñarme con
nada, siempre me aparté de los seres antes de aprender a quererlos. Y ahora, es
demasiado tarde. Ya me falta coraje hasta para ponerme las zapatillas.”
Como si resonase en un cuarto desamueblado, su voz poseía
un acento tan hueco que busqué un gesto, una frase que lo acompañara. Pero se
encontraba demasiado solo. Entre su desamparo y mi silencio se iba
interponiendo una niebla cada vez más espesa. Sólo quedaba intentar que la mañana
la disipase.
Ya había pasado la hora más resbaladiza del amanecer, ese instante
en que las cosas cambian de consistencia y de tamaño, para fondear,
definitivamente, en la realidad. Parados sobre una pata, los árboles se
sacudían el sueño y los gorriones, mientras, extendido a lo largo de las
calles, el asfalto iba perdiendo su coloración de film sin revelar. Con un
bostezo metalizado, los negocios reabrían sus puertas y sus escaparates. En las
veredas, en los zaguanes recién despiertos, los ruidos adquirían una sonoridad
adolescente. De vez en cuando, un carro soñoliento transportaba un pedazo de
campo a la ciudad. De todas partes venía hacia nosotros un olor a pan caliente,
a tinta recién salida de la imprenta.
El uno al lado del otro, caminábamos sin pronunciar una palabra.
La cabeza hundida entre los hombros, el andar titubeante y sonámbulo, no me
hubiera extrañado que se desmoronase junto a un umbral, como esos trajes que,
sin ningún motivo, se derrumban desde una percha. Su chambergo, su sobretodo,
sus pantalones parecían tan lacios, tan vacíos, que por un momento me resistí a
admitir que fueran sus pasos los que retumbaban en la vereda. Al pasar frente a
una lechería, una vieja nos acechó con una desconfianza de miope, y casi al
mismo tiempo, un perro se detuvo a mirarlo con tal insistencia, que apresuré la
marcha por temor a que se aproximara y lo confundiese con un árbol. Demasiado
pesada, demasiado densa, hubiera podido suponerse que su sombra se negaba a
seguirlo. ¿Le repugnaría convivir con él, soportar constantemente su presencia?...
Se me ocurrió que cualquier noche, al atravesar una calle, al doblar una
esquina, lo dejaría irse solo para siempre. Cuando llegamos ante la puerta del hotel,
me sometí a la sangría de práctica y nos despedimos.
Desde entonces no le he visto más. Hace algún tiempo, me
aseguraron que, al retornar a París, había publicado, con éxito, un libro de
poesías. Recientemente, alguien me enteró de que el espionaje ruso lo hizo
fusilar después de encomendarle una misión en China.
¿Cuál de estas informaciones será exacta? Creo que nadie se
atrevería a aseverarlo. Acaso ya no quede de su persona más que un mechón de
pelo, junto a una dentadura postiza. Es muy posible que, acosado por el espanto
de quedarse dormido, a estas horas se encuentre en algún café, con el mismo
cansancio de siempre... con un poco de caspa sobre los hombros y una sonrisa de
bolsillo gastado.
Esto último es lo más probable. Su madre, la vaca, lo conocía
bien.
Dicotomía incruenta
Persuasión de los días, 1942
Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano
que se mezcla a la mía
y forman una mano.
Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo
que acaba de sentarse
adonde yo me siento.
Y en el preciso instante
de entrar en una casa,
descubro que ya estaba
antes de haber llegado.
Por eso es muy posible
que no asista a mi entierro,
y que mientras me
rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la
tumba,
vestido de esqueleto,
bostezando
los tópicos y los llantos fingidos.
Mario
Benedetti
Táctica y estrategia,
1984
ya
que navegas por mi sangre y conoces mis límites y me despiertas en la mitad del
día para acostarme en tu recuerdo y eres furia de mí paciencia para mí dime qué
diablos hago por qué te necesito quién eres muda sola recorriéndome razón de mi
pasión por qué quiero llenarte solamente de mí y abarcarte acabarte mezclarme a
tus huesitos y eres única patria contra las bestias el olvido