Hace
unos días viendo la serie tan mencionada en este blog: Cuéntame cómo pasó, sacaron
unos lentes de una fosa que además contenía dos cadáveres presas de la Guerra
Civil Española. Unos lentes obscuros, grises y con un vidrio estrellado. Inmediatamente
pensé en otros lentes.
Cuando
Allende fue asesinado, además de las canciones y las pintas, nos quedaron sus
lentes, bueno uno de ellos. Alguien reconoció y recogió la gafa del que fuera
presidente de Chile y hoy son exhibidos en el Museo Histórico Nacional de ese
país. Esos lentes de pasta negra, esos lentes que enmarcaban sus ojos, esos
lentes de líneas rectangulares, gruesos, compañeros en cada discurso, testigos
de esas últimas horas al transmitir desde El Palacio de la Moneda, vigías de las
llamas precipitándose y los muros caer. Pensar que en algún tiempo Salinas usó
unos muy parecidos y Miguel de la Madrid y Zedillo y Díaz Ordaz y Echeverría y
otros tantos. Lentes comunes, seguro que en tu familia encuentras a alguien con
unos del mismo tipo. El punto está en que no todos fueron partidos a la mitad
en un bombardeo, no todos acompañaron a esos ojos vivos a apretar los párpados
antes de disparar contra sí, no todos volaron divididos por los aires. Esos
sólo son de Salvador Allende. Cierto es que algunas personas dudan de la
autenticidad de estos y otras los dan por buenos. Habrá que escuchar todas las
versiones.
Yo,
uso lentes, mi pareja, mi madre, mi maestro, todos mis hermanos, la mayoría de
mis sobrinas, amigas, amigos y mi padre. Usamos lentes. Sabemos que son esa
prótesis que nos permiten ver el camino que pisamos, que nos ayudan a ver la
luna redonda y ya no ovalada, identificar toooodos los verdes de cada árbol,
esos elementos que enderezaron nuestro cuello y quitaron los dolores de
espalda, cómplices de nuestras miradas morbosas, estorbos en el amor,
compañeros en vida y muerte.
Cuando
la vida se me vaya quiero que me velen con mis lentes y realmente deseo que no
tengan sangre, pero, si la tienen quiero que así se conserven.