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marzo 27, 2013

El ISO de 2013



"Boulevard du Temple" por Louis Daguerre, 1838
Fuente: El rollo fotográfico


Estoy empecinada con la fotografía analógica. Lo sé, estamos en dos mil trece. La fotografía digital es más barata y por lo tanto abunda. ¿Quién en su sano juicio habría fotografiado su plato de comida lleno y luego vacío hace —incluso— veinte años?

Llegaron los colores brillantes y el esmero se esfumó como un negativo expuesto a la luz. Nadie dice que las fotos de las fiestas familiares, los primeros pasos y el Datsun nuevo tengan la belleza partida de un punto aureo, pero eran cuidadas, había dedicación en ellas, también se tomaban con cariño.

Me gusta la fotografía digital, es bella y manipulable en un tris tras; pero la fotografía analógica me gusta mucho más que millones de pixeles aglutinados. Cierto es que el olor del revelador es penetrante, lastimoso y hasta violento. Sin embargo el momento mágico es cuando sumerges el papel en este químico y aparecen esas manchas que se convierten en figuras hasta completar una imagen.

Vas con tu camarita de 35 mm, los turistas te ven —ahora sí— como subdesarrollada. Evalúas la luz, los elementos, el mejor ángulo, la velocidad del diafragma, incluso usas el tripie y disparas. El ruido mecánico del obturador te indica cuándo moverte. Y así haces treinta y seis exposiciones, aunque te lleve días el concluir la labor. En otro momento acudes al cuarto obscuro, preparas los químicos, sacas la película y la metes en su carrete y tanque de revelado. Realizas el proceso por una hora o poco más. Cuelgas la película —si es que no se veló—, una vez seca, la cortas y la guardas celosamente en fundas apropiadas que conserven esos microcristales de haluro de plata en su sitio, sin polvo, ni rayones. Por la tarde u otro día, tal vez, te darás el lujo de imprimir algunos de esos momentos que capturaste. Revisarás el diafragma de la ampliadora, ajustarás la distancia, enfocarás la imagen, harás tiras de prueba, determinarás el tiempo, expondrás una hoja de papel a esa luz que traspasa el negativo, la sumergirás en el revelador, fijador y agua. La verás, quizás hagas otra donde reserves luz en algunas zonas de la foto. La tendrás al fin.

Sí, así es, la fotografía analógica es más cara en materiales y tiempo. En un día entero de trabajo puedes obtener sólo una foto que en verdad te guste; a veces ni eso. Me suena que es arte, lo vivo como arte. Las imágenes positivadas con el sulfato de bario y el haluro de plata, en este dos mil trece, se convierten en una denuncia artesanal. 

Kodak quebró… mejor dicho ¡¡Kodak quebró!! Y a mí me parece que es sólo una de las empresas víctimas de la globalización y el fast-todo. Por fortuna, o tal vez no, existimos algunas personas que buscamos preservar lo que perdura, por ejemplo una foto capaz de lucir como el primer día después de cien años. La lomografía es un movimiento actual que busca que las gelatinas de plata sigan en nuestras vidas con colores y efectos tan innovadores y artesanales a la vez, que cualquier Cyber-shot se queda boba. ¡Vivan las Lomo! ¡Vivan las réflex análogas! ¡Viva Niépce! ¡Viva Daguerre!